Hace apenas dos semanas, la economía mundial miraba con optimismo las conversaciones entre Estados Unidos y China. Se hablaba de importantes avances en las negociaciones y todo hacía pensar que era inminente el alcanzar un acuerdo que pudiera cerrar las tensiones comerciales iniciadas en marzo de 2018.

Ese optimismo duró hasta hace unos días. La sorpresa la dio el propio Presidente Trump el domingo pasado, cuando anunció el aumento de aranceles sobre US$200 mil millones de dólares de importaciones chinas.

Pero lo que hay que entender, es que este conflicto comercial entre las dos economías más fuertes del planeta no sólo tiene que ver con cuestiones comerciales. Lo que está en juego va mucho más allá de eso, ya que lo que verdaderamente se define es, en parte, el predominio y la mayor influencia en la economía global. Casi como en una guerra moderna, los juegos de poder se están definiendo en la capacidad de uno u otro país de resistir e imponerse en una batalla de largo aliento que determinará el modelo productivo de cada país.

En el corto plazo, los indicadores podrían darle la razón a Trump. Con un aumento en la tasa de crecimiento y una disminución del desempleo, parte de los norteamericanos ven cada vez con mejores ojos la política que lleva adelante su presidente. Por su parte, Xi Jinping ha visto como el crecimiento económico chino se ha ajustado a una cifra más común, haciendo que muchos se pregunten cuánto más puede soportar su modelo de crecimiento, cuyas bases se sustentan, en parte, en el valor de su mano de obra y la capacidad de desarrollar tecnología existente más competitiva.

El resto de los países, entre ellos Chile, miran con atención los devenires de este conflicto y viviendo los impactos de los vaivenes que esta situación genera. Las perspectivas de crecimiento se han visto ajustadas en el último tiempo y la incertidumbre predomina respecto de lo que pueda suceder con las exportaciones y, por ende, con la balanza comercial.

Más allá de todo esto, pienso que existen elementos que nos deben llevar a reflexionar sobre como nuestra economía debe actuar frente a lo que está sucediendo. A mi juicio, lo más relevante es que pareciera que apertura comercial y apoyo a la industria nacional no parecen ser medidas contradictorias. Nuestro país se ha visto inmensamente beneficiado con su apertura comercial desde los años noventa y esto siempre hay que seguir profundizándolo. Pero también el país debe apoyar a su industria y sus empresas, generando políticas que las hagan cada vez más competitivas. El uso de herramientas de fomento, desarrollo de la innovación y accesos más expeditos a financiamientos deberían hacer la diferencia. Esto, sumado a un estado ágil y eficiente, debieran ser elementos que generen la palanca adecuada para que el país siga creciendo como lo ha hecho en los últimos treinta años.

Alex Acosta M. 

Presidente ejecutivo 

Schwager Service S.A.